Toros coleados...
Remembranzas Tumeremenses...
Por Rafael Velazquez.
Cronista del Muncipio Sifontes.
El evento correspondiente a los toros coleados se efectuaba en la calle, convertida en una manga de coleo especialmente para el desarrollo de esta actividad.
La totalidad de la calle era asegurada con una cerca de madera, cuyos tramos eran amarrados con mecate. Al final de la calle Zea y Carabobo, preparaban el corral donde permanecían los toros hasta el momento de comenzar las coleadas. Perucho Vaccaro, Luis y Abel Perroni, Tomás Rafael Yépez, El Negro Ara, eran los eternos rivales de las coleadas de toro.
Una tarima debidamente decorada y confeccionada, y la presencia de bellas damas le daban ese toque de alegría y jubilo y prestas para premiar y colocar la cinta al destacado jinete, en prueba de haber logrado el mejor puesto como coleador. Un acto que embellecía y alegraba las festividades patronales.
Por el Dr. Eliecer Calzadilla:
Sigo el relato del cronista: los toros eran recogidos, libremente y sin pago de los ejidos del pueblo. Las calles transversales a la Calle Zea eran trancadas con estantes de madera y amarradas con mecate, como apunta El Chino, que al terminar las coleadas la gente cogía, también libremente.
En aquella época los hatos no tenían cercas, o las tenían pocas y concentradas cercanas a la casa del fundo. De manera que había toros suficientes para el único día de coleadas.
Las últimas tardes de toros se hicieron en Las tres Rosas, en la prolongación de la calle Junín.
El jinete coleaba desde la silla, sobre los dos estribos; el terreno de la calle era irregular por lo que el jinete debía ser muy diestro y valiente.
Se coleaba a mano limpia, sin guantes y sin sombrero, me parece recordar. Vi a Tomás Rafael Yépez colear trajeado de liquiliqui blanco.
Todos los caballos eran criollos, descendientes de los caballos bereberes que trajeron los españoles; corceles más bien pequeños, comparados con los mestizos que hoy predominan.
Aquellos eran caballos muy briosos, de gran fortaleza y resistencia, acostumbrados a pastos de sabana, y con grande instinto; corcobeadores en el amanse, pero inteligentes, con mucho gusto por el ganado.
Hubo en Tumeremo, hasta hace poco, cuando empezaron a cazarlos y comer su carne, númerosos y preciosos hatajos de caballos cerreros.
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