LA OTRA VIDA/Eliécer Calzadilla
Domingo, 27 de febrero de 2011
Las viejas casas de Tumeremo, mi pueblo, hechas de bahareque, con pisos de cemento pulido y techos de zinc, tenían un soberado; así llamábamos a lo que ahora todos conocemos como desván. Era como un cielo raso, también de bahareque, pero sólido y fuerte, entre el piso y el techo exterior, a buena altura, que conformaba el límite superior interno de cuartos y salones de las casas. Mientras más altura tenía el soberado más fresco era el ambiente interior. Pero esa estructura tenía otra función: la de servir de depósito de cosas de uso intermitente, de trastos para el olvido, de objetos queridos pero inútiles, de corotos aparentemente inservibles.
Forzando un símil, se me ha ocurrido que tengo en mi conciencia o en mi alma un soberado adonde he ido tirando cosas en el curso de mi vida y del que he rescatado durante esta semana, espontánea y casi mecánicamente, los pedazos de anarquismo que fui echando de cuando en cuando todos estos años. Ahora que los he sacado quiero explicar por qué.
En los periódicos digitales he visto fragmentos de la intervención del ministro Giordani ante la Asamblea Nacional, vi también la intervención de algún diputado de la dictadura, escuché sus insultos y vi lo que todos vimos: hombres y mujeres borrachos de poder; siempre burlándose, evadiendo, convirtiendo en remedos de sarcasmos los deberes a los que por ley están obligados: rendir cuentas de manera transparente, explicar cómo administran los dineros públicos, el porqué del endeudamiento de la nación y el fracaso ante la inflación… Lo más inaceptable es el desparpajo con el que nos dicen que el modelo económico y social para donde llevan a Venezuela es el comunismo, que Fidel Castro es el padre, el guía, y que en Cuba la gente vive mejor que aquí.
Escuché con atención a Giordani y a otros funcionarios de la dictadura, son muy antiguos. Tienen un arsenal de argumentos oxidados, de catecismo inquisitorial marxista, estalinista y fidelista que causa pena ajena. Lo peor de sus discursos -que es el mismo de Chávez pero sin canciones ni anécdotas de sus gloriosas vidas-, no es el desprecio con el que se refieren y tratan a los que disienten de su catecismo, es su empeño en dirigirnos la vida, nuestros gustos, nuestras miradas, la manera de divertirnos, la forma de asomarnos al futuro; el empeño de estos burócratas por decidir lo que debemos comer, lo que debemos comprar, cómo y dónde deben estudiar nuestros hijos y en fin, lo tenaces que son metiéndose en nuestras vidas, esa otra vida que no es la política, la pública, y que cada quien vino a vivir como mejor le place, como le da la gana, como puede. Eso, entre otras cosas me ha hecho recoger del soberado los pedazos de anarquismo y recomponerlos: no quiero que ningún Chávez, ningún Giordani, me dirija la vida, ni la de mis hijos.
Los chavistas se empecinan en ignorar que las constituciones y las leyes que regulan el ejercicio de los poderes públicos son producto de siglos de lucha de los individuos en contra del poder y los abusos de los monarcas, de los sumos sacerdotes, de los príncipes, de los señores feudales, de los mesías políticos y de los libertadores de patrias. Las constituciones y las leyes sobre los poderes públicos tienen como primer y principal propósito limitar el poder, fijar los límites de actuación de los gobernantes. Cuando los gobernantes abusan y establecen límites, uno tras otro, al ejercicio de las libertades de los individuos, que tantos siglos de luchas y muertes le han costado a la humanidad, como lo hace el gobierno de Hugo Chávez y Giordani, estamos en presencia de una dictadura, de una tiranía. No es el gobierno quien debe establecer los límites a las libertades del pueblo y de los ciudadanos, es el pueblo el que establece y debe establecer los límites de actuación de los gobernantes.
Pasé gran parte de mi vida enfrentado a los abusos de los gobiernos adeco-copeyanos, a su arrogancia, su corrupción y su clientelismo. En ese tiempo no profesé el anarquismo, milité en la Causa R que tenía una hermosa dosis de lucha contra el poder y unas toneladas de sueños de libertad que rozaban la anarquía. Ya no milito. Un día pensé que jamás viviríamos algo peor en corrupción, abuso, atropello y cinismo por parte del poder, pero me ha tocado ver y sentir, no que aquellos años fueron buenos, sino que estos años de chavismo son peores. No prefiero a ninguno de los dos. Hoy no me gusta ningún gobierno, pero de éste hay que salir, hay que derrotar electoralmente a este régimen. Los venezolanos tenemos derecho a otra vida, a otra forma de vivir, distinta a ésta que nos imponen estos dictadores de catadura comunista.

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