domingo, 3 de diciembre de 2023

El Capitán de Aviación Diógenes Torrellas León. Por Luzmila Torrellas

 Luzmila Torrellas10 de marzo de 2022

 
El Capitán de Aviación Diógenes Torrellas León.
El próximo Lunes sería el cumpleaños de mi querido y siempre recordado papá, Capitán de Aviación Diógenes Torrellas León, que nació en Tumeremo, Estado Bolívar, el 14 de marzo de 1925 y falleció, junto a su tripulación: Capitán Norberto Vivas y Srtas. Aeromozas Rosa Marlene Hernández Sánchez (Rona), Eucaris Brizuela, Elsy Margarita Núñez Toro y Gladys del Carmen Hernández (Katy), y sus pasajeros en Maturín, Estado Monagas, el 22 de diciembre de 1974, en el accidente del avión DC-9-14, YV-C-AVM de AVENSA debido a pérdida del pitch control o control del ascenso o descenso del avión, por el desprendimiento de un elevador (superficie de control del avión) durante la fase de ascenso causado por un inapropiado mantenimiento del avión en la temporada navideña de 1974. En agradecimiento a mi papá por todo el amor, protección y bienestar que le dio a su familia y por su memoria, anexo está el primer capítulo, titulado “Vuelo al Salto”, de su novela “Ucaima” , donde mi papá describe un vuelo sobre el salto de agua más alto del mundo, el Salto Ángel, en un avión DC-3 en 1967 . En ese capítulo, se menciona al avión del piloto estadounidense Jimmy Ángel , el Metal Aircraft Co. G-2-W Flamingo «Río Caroní» (número de registro NC9487) , que se encontraba, en aquel entonces, varado en la cima del Auyantepuy y podía ser observado por los pasajeros del DC-3 desde el aire . Jimmy Ángel fue el que dio a conocer el salto de agua más alto del mundo y fue el primero que aterrizó, en 1937, en la cima del Auyentepuy , desde donde se desprende el gran salto de agua bautizado “Ángel” como homenaje a su divulgador. En 1970, el avión «Río Caroní» fue desmantelado y llevado a Canaima por helicóptero y de allí fue enviado a Maracay para su restauración. Actualmente está en exhibición en el Aeropuerto de Ciudad Bolívar.
-Ucaima-
Novela del Capitán Diógenes Torrellas León
-Capítulo 1-
-Vuelo al Salto-
El avión comienza a descender a tiempo que enfila hacia la meseta del Auyantepuy; abajo, en el selvático valle, serpentea el rio Carrao siguiendo un curso noroeste.
La gigantesca mole, semejante a una ciclópea columna de rojizos contornos, se va haciendo cada vez mayor hasta que las alas del DC-3 alcanzan los linderos de su cumbre.
Loa asombrados pasajeros, aglomerados a lo largo de las ventanillas, miran el extraño paisaje que pasa bajo sus pies y toman apresuradas fotografías. Un terreno irregular y pantanoso, sembrado de peñascos y altas hierbas, forma la cumbre de la meseta; se divisan también pequeños arbustos y extrañas plantas. Son en su mayoría especímenes que los botánicos han dado en llamar endémicos, esto es, que solo crecen allí. Durante centenares de miles de años las cumbres de esas mesetas han permanecido aisladas del resto del mundo, la vegetación allí nace, crece y muere sin posibilidades de reproducirse en otra parte, en terrenos o climas diferentes y por tanto su evolución es distinta, podría decirse que única. A veces surgen nuevas especies, descendientes de esas originales plantas , que jamás han sido vistas ni catalogadas en espera del afortunado botánico que venga a descubrirlas. Las hay de diversas formas y exóticos nombres, tales como la Helianfra y la Cromelia, abundan las orquídeas en centenares de especies y hasta existen plantas carnívoras. El avión vuela ahora rasante sobre el terreno, un pequeño rio de aguas negras se desliza con pereza hacia el sureste, su curso nos llevaría hasta el borde de la columna y entonces lo veríamos desprenderse por el abismo de mil metros de altura, en un espectacular salto, el de mayor altura del mundo.
Hacia el oeste del terreno se hace más plano y la vegetación más densa, las nubes se extienden a unos trescientos metros sobre él y actuando de quitasol mantienen perenne la humedad. Un pequeño objeto metálico brilla entre el verde obscuro y a medida que nos vamos acercando va tomando forma; es un pequeño avión de anticuada estructura que se yergue enhiesto en medio de la soledad de la meseta. Es la nave de Jimmy Ángel, el Flamingo de Metal que desde su Infortunado aterrizaje, hace treinta años, permanece allí como mudo testigo de un acontecimiento que ya pertenece a la historia; allí seguirá hasta que los siglos lo desintegren, como un monumento a la memoria del robusto norteamericano que buscando oro y diamantes encontró la fama.
Cerca del viejo aeroplano se observa una moderna avioneta enterrada de proa en el fango. Hace más de un año paisanos de Jimmy trataron de aterrizar allí y emular su hazaña, salieron ilesos del percance, pero perdieron la costosa máquina. ¿Por qué lo hicieron?, tal vez por fines publicitarios; vaya uno a saber.
Dejando atrás la avioneta, el DC-3 vira hacia el sureste y se dirige hacia el cañón o abertura de la meseta. Con inaudita sorpresa los pasajeros, acostumbrados a ver pasar veloz el terreno bajo sus pies, se encuentran de pronto sobre un profundo abismo, el avión ha entrado al cañón de manera abrupta y ahora gira hacia el este inclinando su ala izquierda hacia la perpendicular pared de la columna. De pronto observamos en un recodo la catarata.
El río se desprende desde el bordo de la meseta en dos chorros que después se unen en el aire para caer perpendicularmente; el torrente se va ensanchando por efecto de la caída, primero es compacto, luego más difuso cual el chorro de una regadera, después como una lluvia tenue y por último semejante a una niebla que cae lentamente hacía el rojizo terreno del fondo del cañón, donde toma otra vez la forma de un río.
La punta del ala pasa frente al monumental salto, más abajo de la cumbre de la meseta, a lo largo de la gigantesca pared. Observado el avión desde cierta distancia semeja un mosquito revoloteando entre las columnas de un templo; el mosquito sigue su descenso y sale al fin al extremo de la abertura enfilando hacia el noroeste para volar siguiendo el curso del rio Carrao que cada vez va haciéndose más caudaloso en su marcha para encontrarse con el Caroní.
Este Carrao, de aguas negras como todas las corrientes de la región, se abre paso entre una densa selva que cubre el estrecho valle; a ambos lados del mismo se observan mesetas de extrañas formas que los indios llaman Tepuy. De sus cumbres caen innumerables cascadas, algunas de ellas con igual o mayor caudal de agua que el mismo Salto de Ángel y muchas aun esperando que algún viajero o explorador de mente inquieta se digne a bautizarlas. A lo lejos, hacia el norte, se divisan dos solitarias columnas que se alzan en medio de la altiplanicie; son los cerros de Kuravaina-Tepuy y Paracaupa, enfrente de ellos, en la trayectoria de nuestro rumbo, está Canaima.
El avión sigue descendiendo por el curso del Carrao, se observa ahora que la tupida selva cubre apenas unos centenares de metros a ambos lados de sus riberas, después solo hay extensas sabanas cubiertas de una hierba de hermoso color verde claro y algún raquítico arbusto de no más de metro y medio de altura.
Una casa grande de techo de palma y bonita construcción pasa rauda bajo nuestras alas, se divisa un embarcadero, varias lanchas a motor y gentes amistosas que salen corriendo al paso del avión agitando pañuelos a guisa de saludos. Es Ucaima, el campamento de turistas de Rudy Trufino, asentado a la margen norte del ya majestuoso río. Minutos después el avión desemboca rugiendo sobre los saltos de Hacha y pasa sobre la obscura laguna que se forma al pie de ellos; una sábana cuyos linderos están cubiertos de altas y hermosas palmeras se ve atravesada por una cinta de terreno rojizo, nuestro campo de aterrizaje. Cerca de allí se divisa la gran choza de techo de palma flanqueada por dos torres de acero, las cabañas diseminadas a la orilla de la laguna, las doradas playas de crujiente arena; todo pasa fugaz ante nuestra vista, mientras el avión describe un amplio círculo para enfrentarse al viento y aterrizar.-









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